Morelia, Michoacán, 24 de febrero de 2026.-
La sucesión tras la caída de Nemesio Oseguera Cervantes no se define en ceremonias ni bajo reglas escritas. Se está configurando en movimientos discretos, reacomodos internos y demostraciones silenciosas de fuerza entre mandos que entienden que, por ahora, nadie concentra el control absoluto.

El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), considerado uno de los grupos criminales más expansivos de la última década, enfrenta su momento más delicado: sostener la cohesión o fragmentarse en bloques armados con agendas propias. En ese escenario, varios perfiles aparecen de forma recurrente en reportes de inteligencia y análisis de seguridad. No todos persiguen el mismo objetivo ni operan bajo la misma lógica, pero todos comprenden que el margen de error es mínimo.

Entre los nombres que suenan con mayor fuerza está Juan Carlos Valencia González, “El 03”, identificado como una figura ligada al antiguo liderazgo. Para algunos representa continuidad; para otros, una apuesta incierta. En estructuras criminales de este tipo, el apellido puede abrir puertas, pero no garantiza obediencia. Su verdadero desafío sería consolidar control efectivo sobre jefes regionales y territorios estratégicos como Michoacán, considerado un termómetro del poder real dentro del grupo.

En contraste aparece Gonzalo Mendoza Gaytán, “El Sapo”, un perfil forjado en el terreno operativo y vinculado al control de células armadas. Su liderazgo, según analistas, estaría basado más en la imposición que en el consenso. Su origen michoacano no es menor en la lectura interna del grupo, ya que esa entidad ha sido históricamente uno de los escenarios más complejos y disputados. De fortalecerse su influencia, la transición podría tornarse más confrontativa que negociada.
Con menor exposición mediática, pero con peso operativo relevante, figura Audias Flores Silva, “El Jardinero”. Su influencia se asocia a la logística: rutas, cobros y enlaces en distintos estados. En un contexto de tensión interna, actores con ese perfil pueden inclinar la balanza sin necesidad de encabezarla, ya sea respaldando a un aspirante o manteniéndose estratégicamente neutrales.
También se menciona a Ricardo Ruiz Velasco, “Doble R”, con presencia en zonas urbanas clave. Su control territorial lo convierte en un factor que ningún bloque puede ignorar. Aunque no necesariamente apunta al liderazgo nacional, su papel sería determinante en caso de fractura interna.
Por su parte, Heraclio Guerrero Martínez, “El Tío Lako”, encarna el poder regional con capacidad de adaptación. No figura como favorito inmediato en la línea sucesoria, pero su permanencia y redes de influencia lo colocan como pieza relevante en cualquier reacomodo.
El verdadero riesgo para el CJNG no radica únicamente en quién asuma el mando, sino en la posibilidad de que ninguno logre imponerse de manera total. Un liderazgo fragmentado podría derivar en alianzas frágiles, disputas internas y violencia trasladada a los territorios.
En este contexto, estados como Michoacán no concentran el poder nacional del grupo, pero sí funcionan como campo de prueba. Quien no logre sostener control en esa entidad difícilmente podrá proyectarse como jefe absoluto.
En el crimen organizado, el vacío no permanece. Siempre hay una disputa por ocuparlo.





