Morelia, Michoacán a 9 de marzo de 2026.- La tarde del 18 de abril de 2008 el calor caía pesado sobre Culiacán. Era una de esas jornadas en las que el asfalto parece derretirse y la ciudad se mueve con lentitud, como si el tiempo avanzara con dificultad.
Cerca de las 4:30 de la tarde, frente a las oficinas de la Secretaría de Salud en la avenida Montebello, un vehículo quedó detenido inesperadamente. La camioneta había sufrido una falla mecánica y su conductor, un joven de apenas 20 años llamado Anastasio Torres Acosta, quedó varado en plena calle.

El contratiempo parecía menor, uno de esos problemas cotidianos que cualquiera puede enfrentar en la carretera. Pero en una ciudad donde muchas miradas observan sin ser vistas, la escena no pasó desapercibida.
Entre quienes notaron la situación se encontraba Amadeo Vega, conocido como “El Caimán”. Según versiones que circularon después, el hombre habría comunicado por radio la presencia del joven, hijo de Manuel Torres Félix.
El aviso fue suficiente para que otros se movilizaran.
Minutos más tarde llegaron varios hombres armados. La intención, según se comentó en aquel momento, habría sido llevárselo por la fuerza. Sin embargo, la situación se complicó rápidamente.
El joven se resistió.
En medio del forcejeo y la tensión que se apoderó del lugar, comenzaron a escucharse detonaciones. El ataque terminó convirtiéndose en una tragedia: Anastasio perdió la vida y otras personas que lo acompañaban también resultaron alcanzadas por la violencia.
La noticia se esparció por la ciudad con rapidez.
Cuando Manuel Torres Félix se enteró de lo ocurrido, quienes lo rodeaban aseguran que algo cambió definitivamente en él. La pérdida no solo significó una tragedia personal, sino también un punto de quiebre que transformaría su historia dentro del mundo criminal.
Desde entonces comenzó a ser conocido con un apodo que con el tiempo se volvería famoso en Sinaloa: “El Ondeado”.
Semanas después, el nombre de Amadeo Vega volvió a aparecer en las conversaciones de la ciudad. Su cuerpo fue localizado dentro de un tambo en el mismo punto donde semanas antes había ocurrido el ataque.
Junto al cuerpo había un mensaje.
Para muchos, aquella escena fue interpretada como el cierre de una cuenta pendiente y el inicio de una nueva etapa en una historia marcada por la violencia y las venganzas que durante años han definido episodios del crimen organizado en la región.




